Complejos, prejuicios y demás familiares…


Imagen de penanolen.cl

Una de las palabras más en boga del presente siglo que ya se acerca a su primer cuarto es sin duda alguna, inclusión e increíblemente, a pesar de que soy un abanderado de la inclusión, entiendo que esa frase es comúnmente mal utilizada, trayendo como resultado el efecto contrario a la razón de su origen.

Hemos utilizado la palabra inclusión confundiéndola con igualdad, con derechos fundamentales, sin darnos cuenta de que con ello contribuimos a crear complejos, a crear prejuicios, a crear limitaciones, pero sobre todo a pensar como la posible cura a males que están muy alejados de la aceptación de terceros.

Yo creo en la promoción de la inclusión, pero creo que esa hornada debe ir acompañada del fomento de la autoestima, del autodesarrollo, de la auto aceptación, de la idea de que el mundo no está contra nosotros, sino de que el mundo es libre, complejo, competitivo y que las sociedades se autorregulan, así como aquel ejemplo en las clases de economía de la “mano invisible” que regula.  En un mundo tan espasmódico, presto a confusiones y excluyente necesitamos ir más allá que la simple palabra.

Racismo, clasismo, género, entre otros no menos importantes, son factores de nuestros días para reclamar inclusión, pero atacamos problemas, reales por demás, olvidando que las soluciones son compartidas, creando una víctima y un victimario, enfrentándolos, fomentando el odio, intentando castigar al victimario y aumentando la debilidad de la víctima al hacerlo merecedor de lastima y favor, incluso de la asistencia pública.

Con eso olvidamos muchas cosas y erramos.  Erramos en que convertimos a personas en víctimas de sí mismas, mas que ser víctimas de un sistema, entendemos que quienes los excluyen son los culpables de su pena, y fomentamos una oposición, consciente o inconsciente, sin darse cuenta de que con ello le quitan fortaleza y razón para desarrollar las cosas que los hacen más similares.  En pocas palabras los llenan de complejos, de prejuicios y de limitaciones haciéndoles entender que necesitan la asistencia para lograr un poco de espacio y en otros casos haciéndoles entender que están condenados a la desgracia, aquella desgracia que ha fabricado quien los excluye.

Como dije al inicio de este escrito, soy un abanderado de la inclusión, más aún, soy un abanderado de la igualdad, pero soy un acérrimo critico y enemigo de los complejos,  y si bien es cierto que he sido víctima de alguna que otras cosas de ellas, siempre entenderé que nuestro peor victimario podemos ser nosotros mismos al sentirnos merecedores de lastimas sintiéndonos inferiores o al sentirnos merecedores de pleitesías sintiéndonos superiores, primero somos humanos, luego todo lo demás…

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